Juvenes Translatores 2016

Un año más (y ya van cuatro) que participamos en el concurso de traducción para jóvenes europeos Juvenes Translatores que organiza la Dirección General de Traducción (DG Traducción) de la Comisión Europea. Bueno, lo cierto es que es la primera vez que lo hago con mi nuevo cole. El pasado 24 de noviembre, mis alumnos tuvieron que traducir un texto del francés al inglés en unas dos horas con ayuda de un diccionario. Previamente, les había hablado de la competición y les había dado algunas nociones básicas sobre la traducción:

La experiencia ha sido muy positiva: no solo por el hecho optar a un viaje a Bruselas o conseguir un certificado de participación que podrán incluir en su solicitud a una universidad, sino por el hecho de saber que otros jóvenes están compitiendo al mismo tiempo que tú en otros países. De hecho, es bastante emocionante.

A mí me hubiera encantado participar, pero este concurso empezó en el año 2007, mucho tiempo después de mi etapa escolar. Aún así, no he podido resistirme y he querido traducir los textos en inglés y francés al español.

Texto Origen en francés:

Texto Meta en español:

Todos los caminos llevan a Roma… y al italiano

– ¡Hola, Benjamin! Gracias por participar en esta jornada de idiomas en el que fue tu colegio. ¿Puedes contarnos cómo aprendiste italiano?

– Pues fue un poco por casualidad. Durante mi etapa escolar me gustaban los idiomas, sobre todo me llamaba la atención el italiano. Pero a los 17 años, me matriculé en la universidad para estudiar inglés y holandés ya que ofrecían más salidas profesionales en Bélgica.

– Pero eso no tiene nada que ver con el italiano…

– ¡Tienes razón! Pero yo aún no había dicho mi última palabra y, al final de mis estudios, me concedieron una beca europea para ir a enseñar francés durante un año a Italia. ¡Así que lié mis bártulos y me fui a Roma! El primer día fui a comprar algunas cosas y, cuando fui a pagar, me pareció que la cajera me estaba hablando en ruso:

  • Labustalawoi?

En realidad, me estaba preguntando si quería una bolsa de plástico (“La busta, la vuoi?”). Lo pillé enseguida al ver sus gestos, pero no entendí la construcción de la frase hasta mucho después. En Roma, enseñé francés pero, sobre todo, aprendí italiano. Solía escuchar la radio, veía la televisión, leía el periódico, iba al cine todos los miércoles…

Además, tuve suerte porque hice amistad con una profe, Paola, que me dio clases de italiano gratis una vez a la semana. El resto del tiempo estudiaba por mi cuenta: escuchaba métodos de idiomas o me aprendía de memoria frases del estilo de “prefiero el  tabaco rubio al tabaco negro” o incluso “¿puede decirme dónde está la discoteca?” Todas las semanas le mostraba mi progreso a Paola, que me corregía:

  • “Ma dai, dammi pure del tu, non dire ‘scusi’, ma ‘scusa'” (“¡Pero bueno, deja de tratarme de usted: no me digas ‘scusi’, dime ‘scusa'”).

A mi me costaba dejar de decir “scusi”, una de mis primeras palabras en italiano. La otra era… “pizza”.

Cualquier momento era bueno para aprender. Un día vi ratones en mi piso. En Bélgica, si quieres comprar una trampa para ratones (“una trappola per topi”, según mi diccionario) o matarratas (“topicida”) tienes que ir a un supermercado. Así que, armado con este vocabulario, fui al supermercado, pero una vez allí, me explicaron que para comprar mi “trappola” tenía que ir a una “ferramenta”. Así que volví a casa y a mi diccionario. Claro, “ferramenta” significa “ferretería”. Te puedo asegurar que nunca se me han olvidado estas palabras.

Después de mi estancia en la Ciudad Eterna, volví a Bélgica y no volví a usar el italiano durante algunos años. Ocho años después, me hice traductor para la Comisión europea y volví a usarlo. Hoy en día es la lengua extranjera que traduzco con más frecuencia.

Texto Origen en inglés:

Texto Meta en español:

De pasión a profesión: cómo el destino me llevó a la traducción

No deja de fascinarme cómo los acontecimientos que, en principio, no parecen tener importancia, pueden llegar a ser tan trascendentales en la vida de las personas. En mi caso, fueron tres los caprichos del destino que me llevaron a mudarme de Inglaterra a otros tres países convirtiéndome en traductora profesional.

Todo comenzó en un festival de rock. La última noche estaba llegando casi a su fin y caía una fina lluvia, como siempre, cuando se nos acercaron tres jóvenes empapados que también habían acudido al festival. Uno de ellos nos preguntó a duras penas en inglés cómo llegar a la estación de trenes. Resultó que eran alemanes y habían estado viajando por toda Europa. Mi nivel de alemán era bastante básico y la estación estaba muy lejos, así que me ofrecí a mostrarles el camino al final del concierto. Para no alargarme con la historia, solo diré que seguimos en contacto y yo decidí estudiar alemán en la universidad.

Para cuando me gradué, ya me había convertido en una germanófila que estaba deseando irse a vivir a Alemania. Dar clases era la mejor opción laboral para mí así que, tan solo un mes después de terminar la carrera, me fui a vivir a Essen, donde enseñaba inglés y traducción a estudiantes de todas las edades y condiciones. Se dio la circunstancia de que mi jefe de aquel entonces era italiano y siempre había querido abrir una escuela de idiomas en su país. Así que, cuando dos años después, me ofreció la oportunidad de irme a Pisa con él como jefa de departamento de idiomas, sentí de nuevo la llamada de la aventura.

Así que allí que me fui, armada con mis conocimientos rudimentarios de italiano y el convencimiento de que, lo que había hecho una vez, podría hacerlo de nuevo. Pasé tres años dando clases de inglés y alemán en Italia mientras aceptaba cada vez más encargos de traducción a medida que mi nivel de italiano mejoraba.

En ese punto, entró en escena la tercera combinación de acontecimientos. Uno de los amigos con los que fui al festival, y que estaba trabajando en Dinamarca, encontró en el periódico (porque Internet era cosa de ciencia ficción por aquel entonces) un anuncio de un concurso organizado por la Comisión Europea para traductores que pudieran comunicarse al menos en dos idiomas de la Unión. Nunca había pensado en ser traductora, pero con mi nivel de alemán e italiano de aquel entonces, decidí intentarlo.

No tenía muchas esperanzas de tener éxito cuando me inscribí y me presenté al concurso en Roma, así que fue una gran sorpresa cuando me invitaron posteriormente a Bruselas para hacer el examen oral. También lo aprobé y, dos años más tarde, me convertí en toda una traductora para la Comisión en Bruselas.

De eso hace ya veinte años y nunca me he arrepentido. ¡Y todo gracias a la buena fortuna que me hizo conocer a tres alemanes que me preguntaron dónde estaba la estación de tren!

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